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El aerógrafo.
 
Darío Parvis, pintando.
 

Aunque no lo crea, la aerografía tiene más de 35.000 años. Esto se pudo deducir luego del descubrimiento, en Francia, de las cuevas de Lascaux y Pech Merle. Las mismas contienen en sus paredes siluetas de manos logradas por rociar pintura soplando a través de un tubo. Si bien a lo largo de la historia se han observado algunos trabajos realizados con esta técnica, es a partir de fines del siglo XIX que alcanzaría una promesa cierta.

Con la aerografía se consiguen efectos imposibles de alcanzar con otros medios, pero para obtenerlos se debe adiestrar por medio del estudio y la práctica de la técnica. Sin embargo, el aerógrafo es la herramienta fundamental de esta actividad, su tamaño promedio es el de una lapicera, posee un depósito para contener pintura y esta conectado a un compresor de aire. De esta forma la pintura es mezclada con el aire a presión y pulverizada, pudiendo realizar diferentes tipos de diseños: sombreados, líneas, esfumados, rectas, círculos, etc. Todo depende de la posición del aerógrafo, del movimiento que haga la mano y de la distancia que se utilice la herramienta respecto del trabajo en cuestión.

La descripción anterior fue la de un aerógrafo estándar, el más utilizado. Podríamos clasificarlos en dos grandes grupos: de simple acción o de doble acción. La segunda ofrece gran cantidad de variantes en los trazos y mucha precisión, pudiendo además regularse la salida del aire y la pintura. Se utiliza para trabajos que requieran mayor detalle.

Como hemos visto, la aerografía tiene, sus formas y sus secretos. El trabajo logrado tiene que ver directamente con la capacidad de crear con el aerógrafo; y eso por todo esto que consideramos, sin lugar a dudas, que estamos hablando de un ARTE.